domingo, 24 de junio de 2012

El suspiro

Padre he pecado. Fue de casualidad. Encontré el frasco entre las cosas importantes que mi abuela guardaba como un tesoro. Y la probé. Aquella mermelada de manzana era simplemente sublime. El olor, la forma en la que se impregnaba en el paladar, aun hoy me estremezco al recordar el instante en que la degusté. Supe de inmediato que esa mermelada era el mejor manjar que había probado en mi vida. Interrogué a mi abuela y, después de que su ira por entrometerme en sus más preciadas posesiones se aplacara, logré que me contara la historia.
En su pueblo había vivido un fabricante de mermelada. Heredó el oficio de su padre y ya de niño dominaba a la perfección el arte de los sabores. La fruta preferida de mi abuela es la sandía. El fabricante pasó semanas hasta lograr la textura exacta de aquel fruto y la forma en la que se deshacía en la lengua liberando un dulce jugo. Ella lloró al recordar el día en que el fabricante le obsequió la mermelada de sandía. Claro que mi abuela no se encuentra del todo bien. Con la edad las emociones la desbordan y la memoria le falla. La historia que me contó fue confusa, fragmentada e incluso inverosímil. Tanta creatividad desestabilizó la mente de este joven prodigio, lo condujo a realizar actos terribles. El fabricante murió joven, afirmó mi abuela, pero no pudo dar detalles. He de aclarar que ella tiende a inventar partes de la historia para rellenar huecos, aun que a veces creo que simplemente finge para no hablar de su juventud.
Tuve que esperar hasta el verano para poder ir unos días al pueblo de mi abuela. Traté de convencerme de que iba para encontrarme con los amigos de mi infancia que hacia años que no veía. Pero en realidad dentro de mí había anidado el deseo de saber más sobre el fabricante, como si su historia fuera parte de la mía. Todos los ancianos del pueblo lo recordaban, muchos afirmaban haber sido su amigo y algunos decían que guardaban algún frasco, pero ninguno llegó a demostrarlo. Pude reconstruir un poco más de la historia de este artista de la confitura. Poco a poco la excentricidad (o locura, según algunos) de aquel hombre se fue plasmando en sus sabores. Combinación de frutas como “Manzana y melón” o “Naranja ácida y nuez”, a mi oído sonaron desconcertantes, pero todos afirmaban que eran un lujo para el paladar.
De la muerte del fabricante poco recordaban, alguien me dijo algo de un suicidio pero no mucho más.
Una noche, mientras caminaba por la plaza, se me acercó un anciano que reconocí de mi niñez. Hombre amable, personaje típico de todo pueblo, fabulador y cuenta cuentos, cuyas historias uno nunca sabe si son o no verdad.
–El fabricante no está muerto –me dijo y se quedó en silencio un segundo, viendo mi cara, degustando mi sorpresa –. Se marchó del pueblo y fingió su muerte.
–¿Por qué haría algo así?
–No sé con qué propósito. Todos sabíamos desde siempre que tu abuela y tu abuelo se casarían, por la posición social y la presión de sus familias. Ella enviudó muy joven. Tan bella, sola, con un niño pequeño y embarazada del segundo. De pronto tu abuelo ya no estaba. Sé por experiencia personal que ella rechazó a todos los pretendientes afirmando que pasaría el resto de su vida en celibato. ¿Es eso cierto?
–Hasta donde yo sé, sí –respondí a la vez que empezamos a caminar por las oscuras calles del pueblo.
–La mayoría seguimos con nuestras vidas, pero el fabricante de mermelada, al ser rechazado, se suicidó. O al menos eso nos hizo creer a todos.
–¿Y como es que no lo engañó a usted?
–Sí, lo hizo, pero aquí no termina la historia. Varios años después, un vendedor de seguros que viajaba por todo el país tuvo un accidente con su coche en las afueras del pueblo, justo enfrente de la granja donde yo trabajaba. Me apresuré a socorrerlo y lo llevé a la casa del médico. Le salvé la vida y en agradecimiento me regaló una mermelada extraña que aún hoy conservo, y que al probarla me di cuenta de que estaba hecha por la misma mano que usted busca hoy. El vendedor de seguros afirmó que a él se la había regalado un amigo unos días antes del accidente.

Llegamos hasta un portal y entramos. Su casa era humilde pero cómoda, con bastante desorden, se notaba que hacia años, o quizás nunca gozó del toque de una mano femenina. Me quedé en silencio en la sala mientras el hombre desapareció hacia el interior de la casa. Al cabo de unos segundos volvió con un frasco. “Chocolate, anís y un poquito de licor de café”. Era como si el sentido del gusto entrase en éxtasis, como si mi paladar hubiese muerto y llegado al paraíso.
En la biblioteca del pueblo consulté los periódicos de la fecha aproximada de aquel accidente hasta que encontré la noticia que corroboraba la historia. No solo eso sino que salía publicado el nombre del vendedor de seguros. Ubicarlo en su paradero actual fue más fácil de lo que pude imaginar. Me fui hasta su casa, en la primera ocasión que tuve. Llegaba en el último autobús de la tarde y tenía billete de vuelta en el primero de la mañana. Fingí ser el nieto del hombre de pueblo que una vez le salvó la vida en un trágico accidente. Cortésmente el vendedor de seguros, hoy ya retirado, me invitó a cenar y yo correspondí con un buen par de botellas de vino. La noche derivó en la madrugada, ayudado por la bebida y embriagado por los recuerdos el vendedor de seguros empezó, como en acto de confesión, a contarme la historia de aquella mermelada.
–Yo de joven viajaba mucho, por todo el país, y me ausentaba por semanas de casa. En cierta ocasión mi voluntad falló y yo caí en el pecado carnal del adulterio. Avergonzado no quise confesarme en mi parroquia habitual. En uno de mis viajes hice un alto en un monasterio perdido en medio de la montaña. El padre confesor no sólo absolvió mis pecados, sino que habló de una manera tan inspirada del amor eterno, único y para toda la vida entre un hombre y una mujer, que tocó una fibra sensible en mí. Recordé las cosas que me habían enamorado de mi esposa y descubrí que aún la amaba. A un joven como usted le parecerá una tontería, pero aquellas palabras renovaron mi matrimonio y le dio un empuje que duró hasta el día que mi mujer murió, hace pocos meses. Volví muchas veces a visitar al padre confesor, y en nuestros encuentros se fue trazando una amistad entre él y yo. Curiosamente el padre confesor tenía como pasatiempo fabricar mermelada, las más espectaculares que yo hubiera probado nunca. Las primeras que probé eran: “Pollo al horno con batatas”, “Filet de merluza salteado con hongos y roquefort” o mi favorita: “Tallarines con salsa a los cuatro quesos”. A medida que nuestra amistad se fue estrechando me dio a probar mermeladas que nunca nadie hubiera imaginado. Eran mucho más que sabores, eran para mi una experiencia sensorial que me trasportaban a otro mundo: “Rojizo amanecer sobre un lago en una fría mañana de primavera” “Orgasmo matinal” “Salto en paracaídas” “Sensación cosquilleante en la boca del estómago que se siente al estar enamorado” “Despertar sobresaltado por una pesadilla” entre muchas experiencias más, enfrascadas en un bote de vidrio por aquel genio de la confitería.
–¿Todavía sigue visitándolo? –indagué.
–No. Después del accidente en coche decidí cambiar de trabajo y quedarme más cerca de mi familia. Ahora que estoy retirado y mi mujer ya no está puede que lo visite algún día.

Antes de irme aquella madrugada de su casa probé “Satisfacción personal al ver un trabajo bien hecho”. ¿Cómo una mermelada puede causar tal cúmulo de sensaciones? ¿Cómo puede recrear una experiencia a tal punto que uno juraría haberla vivido? Confieso que lloré embargado de orgullo al ver cómo mi búsqueda del fabricante estaba llegando a su fin. El vendedor de seguros me dijo dónde quedaba el monasterio.
Padre he pecado. Desde el momento en que la probé una obsesión se apoderó de mi alma. Aquí estoy hoy padre, en este confesionario, contándole la historia de cómo descubrí sus creaciones y de cómo lo encontré a usted. No vengo a pedir perdón, sino a suplicarle que me deje probar alguna de sus mermeladas y a tratar de entender por qué en mi corazón se clavó como una estaca el urgente deseo de saber más de usted.

El anciano fabricante de mermelada miró a los ojos del joven a través del confesionario y se sorprendió al ver la misma mirada que él tuvo años atrás. Mirar al joven era como mirarse en un espejo que le arrancaba cincuenta años al reflejo.
–Continuemos esta conversación en mis aposentos –dijo el padre confesor mientras salía del confesionario.

Caminaron en silencio, atravesaron el claustro y subieron lentamente las escaleras ya que el anciano caminaba como si el peso de lejanos tormentos cayera sobre sus hombros. La celda era pequeña, con una ventana al exterior por la cual entraba la noche. Únicamente se veía una cama, una estantería con muchos libros y una puerta al otro lado de la celda. El anciano rodeó la cama, abrió la puerta y entró en lo que había sido un baño, hoy trasformado en cocina. Su invitado lo siguió. En ese espacio, abarrotado de anaqueles, sacos de azúcar, ollas y restos de fruta apenas entraban los dos hombres. Sobre una desvencijada repisa había varios frascos de mermelada, algunos cubiertos de polvo, otros parecían no tener más de unos días. El joven inspiró profundamente, impregnándose con todos los elementos de aquel lugar. Trató de poner su mente en orden y formular alguna de las cientos de preguntas que tenía.
–¿Es capaz usted de crear cualquier sabor en sus mermeladas?
–Aquello que he probado o vivido puedo recrearlo…

El joven se puso a leer las etiquetas que estaban en el primer estante. Como en uno de esos juegos donde uno va uniendo puntos con líneas para terminar haciendo un dibujo reconocible, la mente del joven pasó de etiqueta en etiqueta delineando la historia pasada del monje “Deseo que es como un fuego que te quema por dentro” “Amor prohibido” “Pasión consumada”.

–Mi abuela y usted mantuvieron una relación…
–Nos amamos a escondidas durante años.
–¿Y por qué cuando ella enviudó ustedes no se casaron?
–Me equivoqué. Actué de tal modo que ella me tuvo miedo, huyó de mí y no la culpo. Sin ella mi vida carecía de sentido. Le juré que me mataría. Ella juró que nunca más estaría con hombre alguno. Pero fui un cobarde y en lugar de acabar con mi vida me recluí del mundo a sufrir cada día por mi pecado. No sé si sabe que falté a mi palabra.
–Ella cree que usted está muerto.
–Es mejor así, nunca se tiene que enterar de que sigo vivo –dijo el fabricante de mermelada como si pensara en voz alta.

Hubo un silencio incómodo. El joven leyó las etiquetas de las mermeladas del segundo estante. “Tristeza infinita” “Alma atormentada hasta el fin de sus días”.
–¿Sólo puede recrear aquellas experiencias que usted vivió?
–Todas mis mermeladas son de sentimientos, sensaciones o experiencias que yo mismo viví. Todas menos una… ¿quizás quiera usted probarla?

El anciano tomó un frasco antiguo, limpio y brillante que guardaba en un pequeño cofre de madera finamente trabajada. Hundió una cuchara en él y se la dio al joven, que sin pensarlo se la llevó a la boca mientras leía las etiquetas del tercer y ultimo estante “Celos y Cólera” “Saberse padre y nunca conocer a tu hijo” “Ira asesina”
–Es curioso –dijo el anciano –. Sólo dos personas probaron esta mermelada, usted y el marido de su abuela. ¿A qué sabe?

Era amarga pero placentera. Un aire frío se generó en el estómago del joven, subió por su pecho hasta salir, sin poder evitarlo, por su boca y sólo por un instante todo fue maravilloso. Miró la etiqueta de la mermelada que acababa de probar y aquello fue lo último que leyó: “Suspiro al final de la vida”.


Este texto esta publicado en encuentRos

5 comentarios:

  1. atrapante!!! tan atrapante q uno olvida que comienza con "padre he pecado" hasta que, de golpe, da vuelta el cìrculo y uno se encuentra milagrosamente en la misma frase.
    excelente!

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  2. uuuffff!!!! no me esperaba el final...Me encantó..

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  3. el suspiro!buenisimo!atrapante desde el principio hasta el fin.a lu ci nan te!!!me encanto.y ese final.........

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  4. Ignacio González15 julio, 2012

    Muy bueno!

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  5. Pablo cuando me lo diste a leer por primera vez me gustó, pero ahora me encanta. Si me das tu permiso, algún día la narraré. Un abrazo muy muy grandote.
    Cristina (BCN)

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