viernes, 28 de octubre de 2011

Obituario

Yo estaba tomando un café y no vi que ella entró al bar. Su mirada seria y su voz de reproche no habían cambiado. La cara estaba igual, a pesar de que llevaba cinco años muerta. Ahora olía a humedad rancia. Quizá olía así antes pero yo no lo recordaba. Apenas se sentó a mi mesa pidió un café con leche creyendo que todo el universo giraba en torno a ella. Yo pedí un vaso con agua. Entonces comenzó el sermón. Ese que había escuchado cinco años atrás. En silencio oí sus quejas. Había sido desenterrada de mi corazón con el único propósito de atormentarme. El mozo me trajo el agua y ella seguía hablando sin que nadie la escuchase. El tiempo parecía haberle acentuado todos sus defectos. Respire hondo y trate de calmarme. No iba a permitir que un cadáver que se niega a pudrirse viniera a arruinar mi desayuno. Pague mi café, no quería deberle nada, me pare y me fui. Pero antes le indique como llegar al cementerio. Para ella no había lugar en mi vida.

Este texto esta publicado en COMA

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